Para cuidar el olivar, prevenir enfermedades y obtener una cosecha homogénea cada campaña, es fundamental llevar a cabo un buen calendario de labores que paute cuales son los momentos óptimos para realizar cuidados al olivo y cuáles son los momentos en los que hay que tener cierta precaución para evitar daños innecesarios. 

Tras el invierno, después de los meses de enero y febrero en los que se realiza la poda para establecer la estructura idónea en la producción de la campaña siguiente y de que la planta esté en parada vegetativa, es fundamental realizar una serie de tratamientos esenciales para prevenir plagas, enfermedades y obtener una cosecha homogénea y de calidad. 

Estos tratamientos “preparatorios” se aplican en una fase temprana, y tienen como finalidad adecuar el olivo para que consiga una buena floración además de ayudar en gran medida a paliar el efecto de la vecería propio de este cultivo.

Dependiendo del clima de la zona y de la variedad de árbol, hacia finales del mes de marzo aparecen las yemas que comienzan a salir de su latencia, iniciando su crecimiento hacia nuevos brotes vegetativos o hacia el botón floral, el cual seguirá su desarrollo hasta el racimo.

Por este motivo, los meses claves para aportar al olivo nutrientes esenciales son marzo y abril, en los cuales darán un impulso al crecimiento vegetativo, una buena floración del cultivo y posterior cuajado, asegurando la cosecha del año siguiente. 

Esta aportación de nutrientes ayuda a la estimulación energética complementando las necesidades del olivar y repercutiendo de forma positiva en el rendimiento y la calidad de la cosecha, y a la misma vez, ayudando al árbol a soportar el estrés abiótico al que es sometido, aportando la capacidad de resistencia y recuperación a situaciones límite, ya sea por condiciones climáticas adversas como en momentos críticos de su crecimiento.

En las fases fenológicas, es cuando hay que actuar con ayuda de los bioestimulantes para cubrir las necesidades metabólicas del olivo, ya que se produce un aumento significativo de sus necesidades ante la floración, el cuajado, el engorde de la aceituna o su maduración. En función de la fase fenológica en la que se encuentre el olivo, el bioestimulante debe ser el compañero de otros agentes nutricionales como la glucosa (azúcar), que facilita la asimilación de elementos nutritivos y su transporte por la planta, ya que reducen la presión osmótica, con lo que se mejora su entrada en los tejidos vegetales.

Cabe destacar la importancia de la aplicación de boro en el olivo al inicio de la actividad vegetativa, previo a floración, así como al inicio de la fructificación, con el objetivo de mejorar la calidad del polen y favorecer la polinización.

Algunas de las principales recomendaciones para mejorar el crecimiento vegetativo, así como la floración y el cuajado del fruto en el olivo, son las siguientes:

  • Fungicida, para la prevención de enfermedades fúngicas como el repilo. Dependiendo de las condiciones climatológicas utilizaremos una sustancia activa u otra, variando desde un simple oxicloruro de cobre (distintas concentraciones) hasta un fungicida sistémico. El uso de cobres depositado sobre la hoja del olivo crea una barrera de protección que contribuye a que el cultivo se encuentre protegido cuando se produce la brotación en primavera.
  • Insecticida, si los umbrales de la plaga hacen aconsejable su utilización, y que, en algunos casos, incluso actúan como bioestimulantes para el desarrollo de mecanismos de defensa natural y el sistema inmunitario de las plantas.
  • Abono foliar a base de NPK para favorecer el aporte nutricional del árbol y lograr así un aumento de cosecha por el engorde del fruto y rendimiento del mismo. 
  • Como micronutrientes esenciales y específicos para mejorar la floración y el cuajado de frutos, así como el crecimiento vegetativo tenemos el boro, antes citado, como elemento multifuncional involucrado en el transporte de azúcares, que influye en el crecimiento y la elongación celular, fomenta la formación de aminoácidos y la síntesis de proteínas, y que está directamente relacionado con la calidad del polen y la capacidad de germinación del tubo polínico; y el zinc, cuya función es activadora de enzimas. 

Suponiendo que se ha elaborado un plan de abonado adecuado y se han cubierto las necesidades de NPK, no podemos descuidar otros requerimientos en macronutrientes y micronutrientes como el fósforo, potasio, calcio, magnesio, hierro, manganeso… diseñados para superar momentos de carencia que pueden aparecer durante las distintas etapas de crecimiento del vegetal y que refuerzan la posterior fase de floración.

El uso de soluciones naturales, además de aportar mayor energía al olivo, también contribuye a mantener el equilibrio del ecosistema agrícola, respetando la sostenibilidad y revitalizando el entorno. De la misma manera, contribuye a la puesta a punto del cultivo, y garantizan las condiciones en las que se deja a los árboles y a los terrenos del olivar para futuras campañas.